Marguerite Yourcenar (1903-1987)

Publicado el día 22 Enero, 2007
Clasificado en Biografías, Literatura, revistas y libros, Mujeres|

Nuestro gran error es intentar obtener de cada uno en particular las virtudes que no tiene, y desdeñar el cultivo de las que posee.
Marguerite Yourcenar

Marguerite Yourcenar (1903-1987)
Marguerite Yourcenar, Marguerite de Crayencour es mundialmente conocida por su libro Memorias de Adriano, libro en el que estuvo trabajando durante décadas y que publicó en 1951.
Esta obra fué traducida al castellano por Julio Cortázar.

Memorias de Adriano fue una novela pionera, que ha servido de influencia en la posterior novelística histórica, convirtiéndose en una obra maestra moderna, (Wikipedia)

Mi opinión sobre él se modificaba de continuo, cosa que sólo sucede con aquellos seres que nos tocan de cerca; a los demás nos contentamos con juzgarlos en general y de una vez por todas.”
[Cita de Memorias de Adriano]

El 22 de Enero de 1981 la escritora Marguerite Yourcenar (1903-1987) es la primera mujer que ingresa a la Academia de Letras de Francia. Desde 1970 pertenecía a la Academia belga.
Poeta, narradora, ensayista, dramaturga y traductora, está considerada una de las figuras clave de las letras francesas contemporáneas.
En 1986 fue galardonada con la Legión de Honor francesa.

Yourcernar vivió la mayor parte de su vida en Mount Desert Island en el estado de Maine (Estados Unidos). La casa es ahora un museo dedicado a su memoria.

Marguerite Yourcenar
Memorias de Adriano
(fragmento)

Siempre agradeceré a Scauro que me hiciera estudiar el griego a temprana edad. Aún era un niño cuando por primera vez probé de escribir con el estilo los caracteres de ese alfabeto desconocido; empezaba mi gran extrañamiento, mis grandes viajes y el sentimiento de una elección tan deliberada y tan involuntaria como el amor. Amé esa lengua por su flexibilidad de cuerpo bien adiestrado, su riqueza de vocabulario donde a cada palabra se siente el contacto directo y variado de las realidades, y porque casi todo lo que los hombres han dicho de mejor lo han dicho en griego. Entreveía la posibilidad de helenizar a los bárbaros, de aticizar a Roma, de imponer poco a poco al mundo la única cultura que ha sabido separarse un día de lo monstruoso, de lo informe, de lo inmóvil, que ha inventado una definición del método, una teoría de la política y de la belleza.
(…)
Por aquel entonces empecé a sentirme dios. No vayas a engañarte: seguía siendo, más que nunca, el mismo hombre nutrido por los frutos y los animales de la tierra, que devolvía al suelo los residuos de sus alimentos, que sacrificaba el sueño a cada revolución de los astros, inquieto hasta la locura cuando le faltaba demasiado tiempo la cálida presencia del amor. Mi fuerza, mi agilidad física o mental, se mantenían gracias a una cuidadosa gimnástica humana. Pero ¿qué puedo decir sino que todo aquello era vivido divinamente? Las azarosas experiencias de la juventud habían llegado a su fin, y también su urgencia por gozar del tiempo que pasa. A los cuarenta y cuatro años me sentía libre de impaciencia, seguro de mí, tan perfecto como mi naturaleza me lo permitía, eterno. Y entiende bien que se trata aquí de una concepción del intelecto; los delirios, si preciso es darles ese nombre, vinieron más tarde. Yo era dios, sencillamente, porque era hombre. Los títulos divinos que Grecia me concedió después no hicieron más que proclamar lo que había comprobado mucho antes por mí mismo. Creo que hubiera podido sentirme dios en las prisiones de Domiciano o en el pozo de una mina. Si tengo la audacia de pretenderlo se debe a que ese sentimiento apenas me parece extraordinario, y no tiene nada de único. Otros lo sintieron, o lo sentirán en el futuro.
(…)
Una parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes. Mi impotencia para descubrirlos me llevó a veces a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no alcanzaba a darme. Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros.

Más datos en Bitácora Almendrón

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