Tamaño Nuria: Soria, refugio de palabras

Publicado el día 10 Abril, 2007
Clasificado en Tamaño Nuria|

Cuando era pequeña, todos los veranos soñaba con ir a Soria capital. Estaba en el pueblo, leyendo año tras año una y otra vez los únicos tres libros que había en casa (Los cinco y el tesoro de la isla, Los cinco otra vez en la isla Kirrin y una edición ilustrada de Miguel Strogoff, regalo de la Caja de Ahorros de la Inmaculada). Pasaba mucho tiempo en casa, porque yo era una niña solitaria y los demás niños me daban un poco de miedo. Tenía una amiga con la que iba a buscar fósiles, cazar renacuajos o coger té, pero incluso cuando ella estaba no siempre salía.

Así que la perspectiva de un viaje (porque salir del pueblo era de verdad un “viaje” y no una “excursión”) a la capital era una promesa de calles y paisajes nuevos, y sobre todo de libros, montones de libros en estanterías dentro de la biblioteca municipal. Aquel edificio junto al parque de la Dehesa con sus ventanales enormes desde los que se veían árboles y más árboles y el sol de la mañana era un lugar mágico. También la sala de investigación local me parecía una pequeñita caja que contenía miles de historias por descubrir, ocultas en volúmenes de páginas viejas y en microfichas que sólo se podían ver con curiosas máquinas ampliadoras. Entonces aquella biblioteca me parecía que era la mejor del mundo.

Todavía hoy esta biblioteca me parece una de las mejores que he conocido. Ya no soy una niña, los viajes a Soria capital han dejado de formar parte de mi imaginario de verano y ahora, al revés, cuando estoy en Soria sueño con el pueblo y con encontrar a alguien que me lleve el fin de semana. Mi mirada sobre esta ciudad ha crecido al mismo tiempo que yo. Tengo mis pequeñas rutinas. El desayuno en las mantequerías York (desde donde ahora escribo); la caminata hasta el río Duero; el helado artesano Fuentes en el parque de la Dehesa; el paseo hasta la biblioteca; ver atardecer tras los árboles desde los ventanales. Son rutinas de hacerse mayor. Recorro las estanterías y busco respuestas distintas en los libros. He viajado mucho y he visitado muchas bibliotecas. Las hay desbordantes, como la New York Public Library, pero ésta tiene la desventaja de que los libros no pueden saltar a las manos, porque están escondidos y hay que pedirlos muy formalmente a través de un papel. Las hay preciosas, como la biblioteca Santiago Rusiñol de Sitges, con un patio modernista increíble en su interior, azulejos blancos y azules, y bancos alrededor de un pozo, pero en ésta sólo habitan unos poquitos libros. En la biblioteca municipal de Soria donde me refugiaba de pequeña, hoy encuentro ejemplares raros que no encuentro en el catálogo de la red de bibliotecas de Barcelona. No sé si la biblioteca es tan buena o si es que quien la dirige es un solo o una sola con mis mismos gustos y rutinas. En cualquier caso, es asombroso encontrar aquí esta cueva de palabras solitarias que inventan mundos a mi medida.

Vine aquí ayer desde el pueblo; pensaba ir a Madrid esta semana para ver a algunos amigos, aprovechando que estoy tan cerca. Ayer salí de paseo. Pregunté por un libro de un amigo en la librería Santos Ochoa. Me dijeron que no lo tenían, que lo podían enviar desde Logroño. Probaré suerte en Barcelona. Compré tres libros de poemas en uno de esos lugares míticos, la librería Las Heras, que ha estado ahí desde 1860. Justo cuando salía, el reloj de la Audiencia dio la una, como en el poema de Machado. La ciudad celebra el 2007 el centenario de la llegada del poeta. Las calles están repletas de versos de “Campos de Castilla” que flotan sobre enormes carteles. Yo, en oposición, leo versos modernos (La torre de las tortugas, Habitación de hotel, Libro del retorno) de mujeres poetas. “Mientras quede una pregunta, sigues viaje”, dice una de las páginas que guardo como revelaciones en el bolso. Quedan tantas preguntas todavía… y sin embargo yo me detengo. No iré a Madrid. Lo he sabido ahora, escribiendo, escuchando las conversaciones de cafetería, mirando por la ventana, leyendo versos que se preguntan. Me quedo. Entre palabras, piedras y recuerdos. Unos días. Después, seguiré el viaje, porque también hay preguntas que ya tienen respuesta en otro lugar, lejos de las palabras, cerca de las manos.


Nuria Rita Sebastián es periodista y editora. Dirige desde 1997 la publicación semestral Iguazu. Revista Artesanal de Literatura y Cultura. Recientemente ha editado el libro ¿De otro planeta?. Reside a medio camino entre Barcelona, Vitoria y Soria.

Di NO a la Violencia contra las Mujeres

Otros artículos que pueden interesarte:

  • Tamaño Nuria: Apuntes para una novela
  • Tamaño Nuria: Conservación de los recuerdos
  • Tamaño Nuria: Viajar de noche
  • Tamaño Nuria: Visión de Nueva York
  • Tamaño Nuria: Libros en casa


  • Comentarios

    6 respuestas a “Tamaño Nuria: Soria, refugio de palabras”

    1. suigeneris el día 10 Abril, 2007 a las 3:42 pm dijo

      Te superas.
      Una pena que no vengas a Madrid.
      Ya sabes que coincidimos en la fascinación por las bibliotecas.
      No puedes ocultarlo, aunque lo niegues, eres una romántica sentimental. A mí no me la das.

      Besotes, tenemos un desayuno pendiente.

    2. nuria el día 10 Abril, 2007 a las 4:03 pm dijo

      claro que soy una romántica sentimental, boba

    3. bea el día 10 Abril, 2007 a las 10:44 pm dijo

      Vuelves a llevarme de paseo…como “antes”

    4. paula el día 11 Abril, 2007 a las 1:46 am dijo

      querida nuria,
      qué bien hallarte de nuevo por estas latitudes. veo que te has afanado el último de la peri rossi, yo estoy en ello. hacía mogollón que no tenía noticias tuyas pero veo que sigue entrenada en la palabra y en la capa. cuando vuelvas, llámame, anda, que me gustará verte y charlar un rato. un besote, amiga

    5. amaiur el día 12 Abril, 2007 a las 8:56 am dijo

      Me he desayunado con Tamaño Nuria. Con mi café, mi cigarro y poesía. ¡Qué mejor desayuno! Contraste con el día gris y mojado que ha amanecido, aunque hay un poquito de sol reflejado en los ladrillos de la casa de enfrente. A ver si gana.

      Yo guardo los dos carnés que tengo de la biblioteca de Soria. Tengo dos porque uno lo presté y costó que me lo devolvieran, y al hacerme otro, sin intención de engañar sino de recuperar la posibilidad de sacar libros escribieron mi nombre con ‘y’ en vez de con ‘i’, así que yo era dos personas.

      Soy poco de bibliotecas, con la que dejó mi padre tengo suficiente. Mi padre era poco de comprar coches caros, ropa cara, zapatos caros, lujos caros. Pero era incapaz, desde jovencito de resistirse a un libro. Era una persona excepcional. No lo digo con la nostalgia y el dolor que produce el que ya no esté. Que es muchísimo. Es un puñal que atraviesa el alma y deja un dolor sordo inaguantable hasta el punto que desvío el pensamiento a otras cosas. Lo digo porque era culto. Cultísimo. Con una inteligencia que le hubiera valido para hacerse muy rico, pero que él la destinó a tener una familia y a tener libros. De todo. Igual está El Corán que la Biblia. Los americanos que los rusos. Vargas Llosa que Gabo. El pequeño Nicolás que Eistein. La Edad de Oro, el humor inglés, Almudena Grande, Petrarca, Javier Marías, Kafka. Incluso nombres de El Babelia (jeje). Miles de libros en estanterías de bricolaje hechas por él. Mi casa, la que era mi casa hasta que yo formé mi familia, está literalmente forrada de libros.
      Seguramente por eso no cojo libros de la biblioteca, los compro, inmitando a mi padre, o los tomo prestados de su biblioteca.

      Salvo en Soria, claro. No tenía allí la biblioteca paterna. Pero aquella biblioteca te dejaba tocar los libros, ojearlos, sacarlos, traerlos… como si fuera el salón de tu casa. Cuando dejé Soria, sin ninguna nostalgia, sólo eché de menos su biblioteca. Es irrepetible. Ojalá no caiga en las fauces de la modernidad y oculten los libros y los conviertan en una lista sin personalidad, que o bien sabes lo que quieres, o te impide descubrirlo.

      Un beso Nurieta.

      Escribe.

    6. nuria el día 12 Abril, 2007 a las 12:01 pm dijo

      qué suerte, amaia… ahora además de por la entrevista a la gaite, te envidio también por la biblioteca de tu padre. yo apenas tuve libros en casa, por eso iba tanto a las bibliotecas, y luego sólo compraba los que de verdad me habían gustado tanto que consideraba que todo el mundo tenía que leerlos, así que los compraba para prestarlos y la mitad de las veces no volvían, quizás por eso no hay tantos libros en mis estanterías… pero esa es otra historia que quizás daría para un nuevo “tamaño nuria”.

      qué bien que me leas en el desayuno. escribe tú también.

    Puedes enviarnos tu comentario o un Ping (trackback) desde tu weblog.
    Nota: Los comentarios fuera de tema, con insultos o con repetidas faltas de ortografía, no serán admitidos. No dejeís tampoco números de teléfono. Recordad que los comentarios sirven para debatir sobre el artículo. Gracias por participar en la conversación.




    HOME

    BÚSQUEDAS

    Admin

    Design

    Site powered by WordPress.
    El Theme base es Vertigo 2.0 de Brian Gardner. Vía Cape Town.
    Modificado por TODAS. Ilustración de Irene Alexandra.