Tamaño Nuria: Pasear con rumbo
Muchas veces paseaba en círculos alrededor de un punto conocido al que no terminaba de acercarme del todo. Podía ser el piso donde vivía una amiga o la biblioteca donde trabajaba otra. Eran lugares seguros a los que podía acudir cuando mi casa se hacía demasiado grande o demasiado pequeña (o tal vez era yo la que cambiaba de tamaño). Sin embargo, me daba miedo desgastarlos y tampoco quería mostrarme así de perdida ni aferrarme a ellos como última salvación. Prefería que los lugares llegaran a mí, y no yo a ellos.
Daba tres pasos adelante, cuatro atrás, esperando. Entraba en una tienda, compraba una bolsa de patatas, me entretenía mirando un árbol. Esperaba. Muchas veces me volvía a casa sin que pasase nada. Ni siquiera arrastraba ninguna culpa -ni cualquier otro sentimiento- por no haber alcanzado un refugio. Salir a buscarlo -o a que me buscase- ya era suficiente.
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Tamaño Nuria: Lo raro que es vivir Barcelona
Vivir Barcelona. No es lo mismo que vivir en Barcelona. Hace mucho tiempo escribí que una vez, al abrir la puerta de mi piso con una llave esmaltada de colorines, me dije a mí misma: “Vives en Barcelona”. Para entonces hacía unos dos años vivía allí, pero sólo en ese momento era realmente consciente de ello.
El sábado estaba con mi guapa tomando un té helado en la cafetería de la Central del Raval y al ver la gente entrar y salir, los cafés, los libros… me volvió a invadir una sensación parecida. Porque la Central del Raval es Barcelona y yo, sin darme cuenta, me había convertido en una pieza más engullida, fascinada, perpleja por y dentro de la ciudad. La sensación de que soy parte de la vida diaria allí y la conciencia paralela de saberme extranjera.
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Tamaño Nuria: De mar a mar
Últimamente trabajo mucho, horas y horas interminables en la oficina rodeada de códigos y contenidos universitarios. Ahora que he dejado el mundo del poker (aquel “trabajo que nada tenía que ver conmigo”, en el que sin embargo, aprendí muchas cosas y me lo pasé muy bien), me tomo de manera más personal mis nuevas tareas. Esto no sé si es bueno o malo, porque tomarse muy en serio unas cosas puede ser un síntoma de no querer afrontar otras.
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Tamaño Nuria: Before Sunset
Hoy, en el viaje de vuelta, he rescatado a un matrimonio mayor que estaba esperando un tren que no pasaba por aquella estación. Les he explicado lo que tenían que hacer y me ha puesto contenta ayudarles. Después, ya en el tren, no sé por qué, me he puesto a pensar en historias de viajes, de encuentros inesperados, momentos que serían el inicio perfecto de un libro… Me he acordado de la película “After Sunset” (“Antes del anochecer”), que habla de todo eso, de un encuentro hace 10 años, una presentación de un libro, la recuperación de un diálogo…
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Tamaño Nuria: El camino
Cuando vivía en Canterbury caminaba todos los días de casa a la universidad. El campus -donde vivía- estaba a unas dos millas del pueblo, sobre una montaña, así que todo alrededor eran campos y bosques. El camino a los “colleges” quedaba perfectamente marcado en piedra y cemento entre los árboles, con su carril de bicicletas correspondiente. Entonces yo a menudo, consciente de esa frase en mi solicitud (la única mía, la que respondía a una pregunta y no a una casilla “¿Cuáles son sus motivos para solicitar una beca Erasmus?” “Porque sé que en Canterbury voy a ser feliz”) me detenía en mitad del camino Leer más
Tamaño Nuria: Mirar por primera vez
Hacía tiempo que no me detenía a mirar las cosas a mi alrededor. Estoy sentada en la mecedora de madera que me traje de Nicaragua (objeto recurrente en estos escritos, pero al que en la vida real apenas presto atención, transformado en un aparatoso mueble con el que siempre tropiezo y que no sé dónde colocar en este salón modelo Ikea ya saturado de estanterías, sofás, mesas auxiliares, sillas y mesa de comedor, mucho más funcionales).
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Tamaño Nuria: Un día que pasa
Hoy alguien me ha contado que fue a ver la película “Los cronocrímenes”. Este comentario, en apariencia tan banal, me ha transportado de golpe a uno de esos días extraños que a veces suceden.
En Madrid yo cenaba con una amiga y el equipo de producción de esta película. Ella había hecho el montaje y tenían una cena para celebrar que por fin la película estaba terminada. No quería dejarme sola y no podía dejar de ir a la cena, así que decidió invitarme. Fui. Estaba el director, Nacho Vigalondo, con quien estuve hablando de blogs y que me comentó sus dudas sobre una oferta que había recibido de El País para ser bloguero “oficial” del periódico. También estaba un amigo suyo, otro jovencísimo director de cine cuyo nombre no recuerdo que acababa de volver de grabar (como actor) una sitcom en EE.UU. y no paraba de hablar y de contar graciosas anécdotas sobre la televisión americana y sus entresijos.
Ainara estaba perfectamente integrada en el equipo, charlaba -aunque menos animadamente que de costumbre- y de vez en cuando me miraba de reojo. Yo lo observaba todo más bien callada, perpleja. Era de noche, Madrid, cenábamos en una pizzería de moda del centro. Esa misma mañana, Ainara y yo estábamos en Soria, en un pueblo de no más de 30 habitantes, enterrando a mi tía Julia. Para ella también era “la tía”.
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