Tamaño Nuria: Un día que pasa

Hoy alguien me ha contado que fue a ver la película “Los cronocrímenes”. Este comentario, en apariencia tan banal, me ha transportado de golpe a uno de esos días extraños que a veces suceden.

En Madrid yo cenaba con una amiga y el equipo de producción de esta película. Ella había hecho el montaje y tenían una cena para celebrar que por fin la película estaba terminada. No quería dejarme sola y no podía dejar de ir a la cena, así que decidió invitarme. Fui. Estaba el director, Nacho Vigalondo, con quien estuve hablando de blogs y que me comentó sus dudas sobre una oferta que había recibido de El País para ser bloguero “oficial” del periódico. También estaba un amigo suyo, otro jovencísimo director de cine cuyo nombre no recuerdo que acababa de volver de grabar (como actor) una sitcom en EE.UU. y no paraba de hablar y de contar graciosas anécdotas sobre la televisión americana y sus entresijos.

Ainara estaba perfectamente integrada en el equipo, charlaba -aunque menos animadamente que de costumbre- y de vez en cuando me miraba de reojo. Yo lo observaba todo más bien callada, perpleja. Era de noche, Madrid, cenábamos en una pizzería de moda del centro. Esa misma mañana, Ainara y yo estábamos en Soria, en un pueblo de no más de 30 habitantes, enterrando a mi tía Julia. Para ella también era “la tía”.
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Tamaño Nuria: Entonces…

“Entonces los platos eran transparentes y de color marrón.” Lo leo en el blog de Paola Vaggio. Ella habla (como siempre, de forma magistral) de las cosas y personas que desaparecen y se llevan nuestra infancia. Hasta ahora que la he leído, no se me había ocurrido pensar que los platos transparentes y de color marrón ya no existían más. Mi madre, en el pueblo, conserva una vajilla completa de este tipo de platos, que precisamente son los que usamos cuando vamos allí. Este diciembre yo comía chocolate y pan tostado sobre la lumbre en uno de estos platos, detenida en el tiempo.
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La revista Iguazú, retenida en la aduana de Nicaragua

Se ve que una revista gratuita y sin publicidad no entra dentro de un sistema de aduanas.

Hace unos días, hicimos un envío de revistas a Nicaragua. Para asegurarnos de que llegaba a la puerta de casa de la persona que las recibía, y porque nos corría un poquito de prisa porque queremos estar presentes en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua, que es uno de los eventos poéticos más importantes a nivel internacional, pagamos la tarifa más alta de Correos, en la que se incluía todo y llevaban la revista a la misma puerta.

Bien, pues ahora resulta que no. Que la revista ha sido retenida en la aduana y está sometida a un impuesto de unos 60/80 dólares por cada caja (enviamos 2) porque es considerada “impreso publicitario”.

Esto es el colmo. Enviamos una revista gratuita y sin publicidad, que se repartirá gratis en Nicaragua, en la que trabajamos gratis e incluso perdemos dinero (los envíos salen de nuestro bolsillo, nadie nos los subvenciona) y lo que nos encontramos es con un secuestro aduanero, del que sólo podemos salir pagando la tasa correspondiente.

Me han dado ganas de llorar.

De hecho he llorado sintiéndome impotente ante tal abuso. Si no pago, sólo tengo dos opciones: o que las revistas vuelvan a España (y no me devuelven el dinero pagado), o dejarlas “en abandono”. “Sería una manera muy poética de terminar para mis revistas”, le he dicho a la chica de Fedex en Nicaragua (la he tenido que llamar yo misma, porque por supuesto, Correos ya no se había ningún cargo).
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Tamaño Nuria: “El ojo”

Hace mucho tiempo, escribí para el colegio una redacción en la que protestaba por la canalización del río de mi pueblo, que había convertido en una pista de cemento lo que antes era un manantial natural que surgía de una roca con cinco agujeros u “ojos”. Precisamente ése era el nombre que dábamos al manantial, “el ojo”, y allí solíamos ir de excursión río arriba las tardes de verano.
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Tamaño Nuria: La casa de mi abuela

Los primeros años en mi pueblo los pasé en la casa de mi abuela. Recuerdo muy muy vagamente dormir con mis padres en la habitación grande de arriba (la que tiene una claraboya) en un hueco que quedaba a modo de alcoba debajo de las escaleras que suben al granero. El granero era el lugar más misterioso de la casa porque estaba arriba del todo, y para llegar a él había que subir unas escaleras, pasar por delante de una habitación, atravesar otra y subir otras escaleras, por lo que era muy difícil llegar a él sin que los mayores te descubriesen y te mandaran de vuelta a la cocina.
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(mini)Tamaño Nuria: Cuando yo escribía como Paul Auster

Me daba tiempo a perder en una sola mañana un vuelo y un mapamundi. Buscaba una zapatería en mi antiguo barrio, me probaba zapatos de colores y todos me quedaban grandes. Cargaba una mochila grande y todo el mundo era amable. Volvía una semana después, siguiendo la pista de ese mapamundi viajero, para no encontrarlo, y que sin embargo me llevara hasta la librería del mismísimo señor Koreander. Me encontraba con una librera que había hecho el camino inverso al mío. Saltaba a mis manos un libro mágico: “La novela del Genji“. Tocaba el timbre de mi antigua casa, me abrían y terminaba sentada en la que fue mi cama. Conversaba mucho con una chica de ojos brillantes y azules. Volvía contenta a mi casa, recibía un mail inesperado y respondía aún más contenta. Y todo eso lo escribía, y había quien se preguntaba si mi relato no sería una gran ficción, una novela al estilo Paul Auster.

Nuria Rita Sebastián es periodista y editora. Dirige desde 1997 la publicación semestral Iguazu. Revista Artesanal de Literatura y Cultura. Recientemente ha editado el libro ¿De otro planeta?. Reside a medio camino entre Barcelona, Vitoria y Soria.

Tamaño Nuria: Escalas de dentro y de fuera

Me gusta tender la ropa porque las manos luego me huelen a suavizante, y éste es un olor nostálgico, como de infancia, de ropa recién planchada y limpia sobre la cama.

Mientras la lavadora da vueltas, pienso que es un gran invento. Porque el lavadero de mi pueblo tiene mucho romanticismo, pero en estos tiempos no es nada práctico lavar todavía sobre la piedra. Yo lo he hecho, alguna vez (pocas) de pequeña, con mi madre, porque no siempre tuvimos lavadora en la casa de verano. Como era una niña y apenas alcanzaba el borde del lavadero, me dedicaba a correr alrededor de él, deteniéndome siempre en un agujero que había en el suelo tras el que se oía el agua correr y asomaba un trozo de tubería. Aquel agujero me parecía enorme, y siempre tenía miedo de que se tragara mi pie en un descuido. Por eso me paraba ante él, lo vigilaba, medía las distancias y lo sorteaba con un salto.
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Tamaño Nuria: Libros en casa

En mi casa (la de mis padres) nunca hubo demasiados libros. Sólo una “Gran enciclopedia universal” y una colección de 20 tomos con las obras completas de Julio Verne, ambas regalo de la entonces Caja de Ahorros de Álava, supongo que al abrir una cuenta o hacer un depósito. En mi casa (la de ahora) tampoco hay demasiados libros. Es una de las cosas que más sorprende a quien me visita allí por primera vez (la puerta da directamente al salón, con estanterías metálicas en las que se acumula un variado desorden y asoma tímidamente algún libro).
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Tamaño Nuria: Soria, refugio de palabras

Cuando era pequeña, todos los veranos soñaba con ir a Soria capital. Estaba en el pueblo, leyendo año tras año una y otra vez los únicos tres libros que había en casa (Los cinco y el tesoro de la isla, Los cinco otra vez en la isla Kirrin y una edición ilustrada de Miguel Strogoff, regalo de la Caja de Ahorros de la Inmaculada). Pasaba mucho tiempo en casa, porque yo era una niña solitaria y los demás niños me daban un poco de miedo. Tenía una amiga con la que iba a buscar fósiles, cazar renacuajos o coger té, pero incluso cuando ella estaba no siempre salía.

Así que la perspectiva de un viaje (porque salir del pueblo era de verdad un “viaje” y no una “excursión”) a la capital era una promesa de calles y paisajes nuevos, y sobre todo de libros, montones de libros en estanterías dentro de la biblioteca municipal. Aquel edificio junto al parque de la Dehesa con sus ventanales enormes desde los que se veían árboles y más árboles y el sol de la mañana era un lugar mágico. También la sala de investigación local me parecía una pequeñita caja que contenía miles de historias por descubrir, ocultas en volúmenes de páginas viejas y en microfichas que sólo se podían ver con curiosas máquinas ampliadoras. Entonces aquella biblioteca me parecía que era la mejor del mundo.
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