Tamaño Nuria: Escalas de dentro y de fuera

Me gusta tender la ropa porque las manos luego me huelen a suavizante, y éste es un olor nostálgico, como de infancia, de ropa recién planchada y limpia sobre la cama.

Mientras la lavadora da vueltas, pienso que es un gran invento. Porque el lavadero de mi pueblo tiene mucho romanticismo, pero en estos tiempos no es nada práctico lavar todavía sobre la piedra. Yo lo he hecho, alguna vez (pocas) de pequeña, con mi madre, porque no siempre tuvimos lavadora en la casa de verano. Como era una niña y apenas alcanzaba el borde del lavadero, me dedicaba a correr alrededor de él, deteniéndome siempre en un agujero que había en el suelo tras el que se oía el agua correr y asomaba un trozo de tubería. Aquel agujero me parecía enorme, y siempre tenía miedo de que se tragara mi pie en un descuido. Por eso me paraba ante él, lo vigilaba, medía las distancias y lo sorteaba con un salto.
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Tamaño Nuria: Libros en casa

En mi casa (la de mis padres) nunca hubo demasiados libros. Sólo una “Gran enciclopedia universal” y una colección de 20 tomos con las obras completas de Julio Verne, ambas regalo de la entonces Caja de Ahorros de Álava, supongo que al abrir una cuenta o hacer un depósito. En mi casa (la de ahora) tampoco hay demasiados libros. Es una de las cosas que más sorprende a quien me visita allí por primera vez (la puerta da directamente al salón, con estanterías metálicas en las que se acumula un variado desorden y asoma tímidamente algún libro).
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Tamaño Nuria: Soria, refugio de palabras

Cuando era pequeña, todos los veranos soñaba con ir a Soria capital. Estaba en el pueblo, leyendo año tras año una y otra vez los únicos tres libros que había en casa (Los cinco y el tesoro de la isla, Los cinco otra vez en la isla Kirrin y una edición ilustrada de Miguel Strogoff, regalo de la Caja de Ahorros de la Inmaculada). Pasaba mucho tiempo en casa, porque yo era una niña solitaria y los demás niños me daban un poco de miedo. Tenía una amiga con la que iba a buscar fósiles, cazar renacuajos o coger té, pero incluso cuando ella estaba no siempre salía.

Así que la perspectiva de un viaje (porque salir del pueblo era de verdad un “viaje” y no una “excursión”) a la capital era una promesa de calles y paisajes nuevos, y sobre todo de libros, montones de libros en estanterías dentro de la biblioteca municipal. Aquel edificio junto al parque de la Dehesa con sus ventanales enormes desde los que se veían árboles y más árboles y el sol de la mañana era un lugar mágico. También la sala de investigación local me parecía una pequeñita caja que contenía miles de historias por descubrir, ocultas en volúmenes de páginas viejas y en microfichas que sólo se podían ver con curiosas máquinas ampliadoras. Entonces aquella biblioteca me parecía que era la mejor del mundo.
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Tamaño Nuria: Desde el sofá (inconcluso)

La taza de té siempre en una esquina. Una libreta hace de posavasos. La libreta me la regaló una poeta que coleccionaba tiempo en forma de relojes. La taza de té no tiene historia, la compré de oferta en un supermercado. El té me lo envió alguien de muy al sur desde un lugar muy al norte. Hay más libretas por encima de la mesa. Una viene de Japón y lleva mi nombre en unos extraños caracteres. Todavía no la he estrenado.
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Tamaño Nuria: Apuntes para una novela

Madrid me recuerda a cuando nos besábamos en los metros, de pie, contra las puertas a punto de abrirse.

En estas ocho horas de autobús, de regreso a Barcelona, podría escribir una novela. Una idea ingenua, lo sé. Como tantas otras.
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Tamaño Nuria: Contar estrellas

Esta noche, mientras me cepillaba los dientes en mi moderno e iluminado cuarto de baño, he sentido la necesidad, repentina e inexplicable, de salir a la terraza. He seguido cepillándolos al aire libre, contando estrellas. Me he acordado de Nicaragua, de cuando no había pila del lavabo, y nos lávabamos los dientes a oscuras fuera de la casa, enjuagándonos con un vaso de agua y escupiendo al suelo. Entonces me parecía bonito, porque teníamos todo el cielo para nosotras.
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Tamaño Nuria: Cicatrices

No sé cuántos años tenía cuando me corté el dedo índice de la mano izquierda. No debían de ser muchos, porque por aquel entonces mi hermano pequeño todavía iba al parvulario. Había ganado en una actividad un muñeco de trapo gris un poco feo y, como no le gustaba, me lo había regalado a mí. Yo tendría unos 8 o 9 años. Adopté el muñeco de inmediato y lo bauticé como “Pepín”. Me gustaba mucho más que las barriguitas o que una Nancy que nunca llegué a sacar de la caja.
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Tamaño Nuria: Conservación de los recuerdos

Cuando se fue, me escribió su dirección en una servilleta. Era una dirección llena de números, porque allí las calles no tienen nombre. En una esquina, dibujó dos muñequitos muy simples unidos por un lazo: éramos ella y yo. En la parte de abajo trazó otra muñequita muy simple bajo una palmera y un sol, y en el otro lado, unos montes con lluvia y una muñequita con un paraguas junto a una oveja. Ella en su Miami y yo en mi Soria. Entre medias de los dos mundos colocó dos relojes, para que no olvidara la hora en la que cada una vivía.
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Modificado por TODAS. Ilustración de Irene Alexandra.