Tamaño Nuria: Releyendo a la Gaite
El primer libro que leí de Carmen Martín Gaite, en 1999, en Inglaterra, “Lo raro que es vivir”, lo saqué prestado de la biblioteca de la Universidad de Kent, creo que era mayo, o junio, y desde entonces mi vida no ha vuelto a ser la misma, y no exagero.
El segundo libro que leí de ella, en ese mismo mes, fue “Nubosidad variable”. Este libro lo leí justo antes de tomar una decisión inesperada e improbable, que fue viajar a Nueva York a conocer a un poeta argentino con el que me escribía por mail. Me acompañó en ese viaje la energía positiva de la historia que construían Sofía Montalvo y Mariana León, y también unos versos de Gioconda Belli, de quien no podía saber entonces que se convertiría más tarde en alguien que me lanzaría puentes desde el otro lado del mundo.
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Tamaño Nuria: Paisajes extraños
Hoy he tenido que “subir” a la web varias imágenes de parques naturales. En una de ellas se veía un volcán. He subido (de verdad) dos volcanes, el nevado de Toluca y el Paricutín en Parangaricutiro, los dos en México.
De pequeña tenía una colección de libros que se llamaban “Dime por qué”, “Dime cuéntame”, “Dime cuándo ocurrió”, “Dime cómo funciona”, “Dime quién es”… y había uno que era “Dime dónde está”. Yo creía que todo el mundo tenía estos libros en casa, que eran algo así como un complemento de serie que venía junto con cualquier estantería. Sin embargo, sólo los he visto una vez fuera de mi casa, y para mi sorpresa eso fue en México, en el 2001.
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Tamaño Nuria: Cine desde la ventana
La primera vez que fui al cine yo tenía 13 años. Era julio, mi hermano mayor cumplía 16 y mi madre le dio dinero para que los tres hermanos fuéramos al cine. Teníamos 16, 13 y 10 años. Fuimos a ver “Cocodrilo Dundee II”. Antes de eso recuerdo como algo muy lejano una vieja película de Tarzán de color verdoso proyectada sobre una sábana una vez que el circo llegó al pueblo. Días después apareció un gato siamés que caminaba de pie con las patas traseras. Supusimos que se había escapado y una señora decidió adoptarlo. Vivió muchos años, como un gato callejero más, y olvidó pronto sus habilidades cirquenses.
Tamaño Nuria: Regalos de Navidad
Hace ya tiempo que en mi casa no celebramos la navidad con grandes excesos. Apenas si ponemos un mini belén (justo la virgen, san josé, el niño y dos bueyes) cuyas figuras le regaló a mi madre hace unos 50 años un señor del pueblo, creo que el molinero, y que algún día heredaré. También ponemos un árbol con luces pequeñito, de no más de 30 cm de alto, que mi madre compró en los chinos.
Tampoco solemos hacer regalos. Mi madre dice que uno no se puede gastar el dinero en esas cosas. Como mucho, nos regala algo útil, como un pijama o un cepillo de dientes. Todos los inviernos me compra también un chaquetón que luego yo nunca me pongo, pero eso más que un regalo es una de sus manías. Ahí se van acumulando año tras año en el armario abrigos cuatro tallas por encima de la mía. Creo que los compra así para luego ponérselos ella, pero también puede que sea que todavía mantiene la esperanza de que algún día yo engorde.
Tamaño Nuria: Napols 195
Ayer cené por última vez con mi vecino italiano Paolo en el que ha sido su piso durante los últimos 4 años. Como siempre, preparó una pasta. Como siempre, buenísima. Se va el jueves a Italia definitivamente, y con su marcha se termina también para mí una época. Es verdad que yo me mudé de Napols 195 hace ya un año, pero mientras él estuviera viviendo en el piso de al lado, mientras él siguiera siendo “mi vecino”, esa esquina de Barcelona seguía siendo un poco mía todavía.
Tamaño Nuria: Viajes y recuerdos
He viajado mucho. Este pensamiento se instala en mí según estoy comiendo sola un plato de arroz con frutos secos. Miro hacia la terraza, el día está un poco nublado, la hamaca nicaragüense todavía no se ha secado, y sigo masticando y distrayéndome en mis pensamientos.
He viajado a Nicaragua, por ejemplo, dos veces: ahí está la hamaca que lo certifica, comprada en el mercado de Masaya. También la mecedora del salón es una prueba de ese viaje. Al otro lado tengo un mate y una lámpara traídos desde Buenos Aires, y más allá un jarrito de Tonala de México.
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Tamaño Nuria: Abandonar Barcelona
(un lunes cualquiera, hace más de un año)
No sé si las distancias servirán de mucho. Frente al mar todo parece distinto. La luz de las siete de la tarde de un final de verano, la luz mágica, como la llaman algunos, refleja la ciudad en el agua y la convierte en marina. Y esta ciudad-barco es la que abandono.
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Tamaño Nuria: Aeropuertos
(junio 2005)
Tengo la sensación de que todo en mi vida está en continúo movimiento. Me acaba de llamar Paolo, mi vecino italiano (en realidad ya no vivimos en la misma ciudad, pero para mí Paolo siempre será “mi vecino”), desde el aeropuerto de Barcelona. Llegó ayer de Italia y me llamaba justo antes de embarcar para Argentina, adonde va movido por lazos sentimentales de los que fui testigo de excepción, y que comenzaron en el viaje que hicimos él y yo juntos hace dos años por aquel país.
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Tamaño Nuria: Visión de Nueva York
Una vez estuve en Nueva York. Por qué una pequeñita persona como yo acabó en una gigante ciudad como Nueva York es una historia curiosa que tal vez cuente en otra ocasión.

En aquella ciudad a la que había llegado en extrañas circunstancias, me sentía en mitad de un escenario de película, y mi vida misma en ese momento parecía un guión cinematográfico. Cuando lo recuerdo, me parece que nunca estuve allí, y sin embargo hay un billete de avión y varias fotos que lo certifican.
Hacerse mayor
Me di cuenta de que me había hecho mayor el invierno en que se me ocurrió ir sola a la casa del pueblo. Era enero, hacía frío, tenía 26 años y estaba a punto de cumplir 27. Tuve que encender el fuego yo sola. Tras varios intentos con ramas pequeñas y papel de periódico, por fin lo conseguí con la ayuda de una piña.
Ese mismo invierno las del bar comenzaron a hablarme de mi tía de la misma forma en que lo hacían con mi madre. Mi tía abuela tenía entonces 94 o 95 años (no había un acuerdo definitivo sobre esto) y seguía viviendo sola en el pueblo, con una salud de hierro y una memoria y un conocimiento envidiables.













